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El fútbol grotesco

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El título de la serie sobre Jesús Gil, ‘El Pionero’, ofrece pocas dudas sobre el supuesto carácter precursor de una figura que aterrizó en el fútbol pensando en la política y en la política pensando en el dinero

Hubo una época en el fútbol español donde lo grotesco se impuso a lo sensato por una mera cuestión estética, como si la desfiguración de sus actores formara parte de un plan maestro para entretenernos más allá de los noventa minutos reglamentarios. España miraba al deporte rey con una fijación inaudita, casi enfermiza: las tiradas de los principales diarios deportivos se contaban por millones y los programas de radio especializados mantenían nuestra curiosidad despierta hasta altas horas de la madrugada. En ese caldo de expectación constante brilló con luz propia Jesús Gil, el más caricaturesco de todos cuantos conformaron aquella fauna canallesca y explosiva que copaba los palcos de los estadios. Sin duda alguna, él fue quien más se acercó a lo que Armando Discepolo, el gran referente del teatro grotesco criollo, solía explicar de sus personajes: “Los crea mi piedad pero riendo, porque al reconocerles la pequeñez de sus destinos me parece absurda la enormidad de sus pretensiones”.

A Jesús Gil no le gustaba el fútbol, lo reconocen incluso sus más allegados en la nueva serie documental producida por la cadena HBO sobre su vida. El título de la misma, El Pionero, ofrece pocas dudas sobre el supuesto carácter precursor de una figura que aterrizó en el fútbol pensando en la política y en la política pensando en el dinero: “Claro que estoy aquí por el interés, yo quiero vender mis pisos… Pero esto se hunde y si no lo salvamos nosotros, ya verás cómo dentro de poco no vendes ni un pantalón”, le dice a un comerciante de Marbella en un momento del filme. Con ese mismo carácter mesiánico se presentó a unas elecciones a la presidencia del Atlético de Madrid que ganó por aplastamiento gracias a una fórmula que, desde entonces, se repite cada cierto tiempo en el fútbol con bastante éxito: un fichaje de relumbrón y el apoyo incondicional de algún tótem mediático.

Todo cuanto sucedió después lo convirtió en una parte esencial de un espectáculo que, distando mucho de lo que hoy se pueda entender como edificante, nos atrapó con la fuerza del mejor thriller literario. De repente, toda España conocía el nombre de su madre, el de su mujer, el de sus hijos, el de su caballo, el de sus enemigos… La actualidad del Atlético de Madrid pasaba por los excesos –a menudo verbales, otras veces físicos– de un personaje que acaparaba la atención del público basándose en el principio de expectativa: todos queríamos saber qué iba a decir después, que iba a hacer después, porque la naturaleza de Jesús Gil lo empujaba siempre hacia adelante, nunca hacia atrás.

Como gran apostador que fue, amante del juego hasta las últimas consecuencias, su balance como presidente hay que buscarlo en los extremos: la euforia de un doblete histórico y la degradación de una intervención judicial decretada por Manuel García-Castellón, juez de la Audiencia Nacional. Así llegó al Atlético de Madrid Luis Manuel Rubí, nombrado administrador judicial con plenos poderes. “Todos hacían chapuzas, pero ninguno tan graves como el entonces dueño del Atlético de Madrid. Llegó a hacer prácticas tanto o más grotescas que en Marbella”, declararía el propio Rubí a La Voz de Galicia años después. Quizás fuera ese el escenario que se encontró al aterrizar en nuestro fútbol, quizás solo sea el que nos dejó.

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